lunes, 27 de abril de 2009

Paisaje con suicidas: los riesgos de saltar al vacío


Fotos: Pepe Murrieta

¿Cómo se forma un director de teatro? ¿Dónde están la escuela y el abc? ¿Quiénes son los maestros y cuáles los libritos? ¿Qué camino tomar si no el de la práctica misma? ¿Con qué actores, con qué recursos va a atreverse a cruzar el escenario un muchacho que alguna vez quiso llamarse Vicente, Roberto, Berta? ¿Es tan fiero el león? ¿Quiénes lo pintan? Pensar el tema del director en el teatro cubano hoy presupone tal esfuerzo que preferimos la seguridad de contar con una mano a adentrarnos en la espesa selva. No obstante, de vez en vez, una puesta fuera de ese círculo quiebra la mansa quietud de las aguas y da señales de futuro.

Pocas obras de las realizadas por los más jóvenes directores cubanos han suscitado el interés de la reciente Inocencia, puesta en escena, a partir de la pieza homónima de la dramaturga alemana Dea Loher, de la novel directora Irene Borges, integrante del Teatro Buendía y al frente de uno de los “Estudios” que hoy se desgajan del núcleo central que lideran Flora Lauten y Raquel Carrió. La obra, presentada a los espectadores como parte de la muestra de teatro alemán que corrió por los escenarios de la capital a fines del pasado año, no es ni mucho menos una pieza acabada y definitiva, sin embargo, contiene el germen ineludible de compromiso con la profesión y la investigación que, considero, suele estar ausente la inmensa mayoría de los proyectos que hoy suben a la escena cubana, si descontamos, claro está, los cinco o seis colectivos que hace algunos años se ubican a la cabeza de nuestro teatro.

Lo primero que salta a la vista en la obra es el reparto, integrado en su mayoría por jóvenes actores, quienes comparten la escena con destacadas figuras del teatro cubano, unos y otros evidentemente interesados en llevar adelante un discurso en el que se reconocen. Inocencia logra de este modo rebasar la ya habitual formalidad de los autoencargos para entregar al espectador un tejido escénico en que es fácil encontrar muchas de las preocupaciones latentes en los jóvenes de la Cuba de hoy. No obstante, esas conexiones no llegan traídas por los pelos, no se le imponen al texto, la obra no sintoniza con la superficie de la realidad, sino que penetra más allá y deja ver el desasosiego que acompaña a aquellos que se sienten ajenos a este tiempo y vagan errantes en busca de un lugar donde realizar sus sueños.

Jóvenes desajustados pueblan un espacio de márgenes imprecisos, sus aspiraciones distan mucho de las de sus padres, de hecho viven al margen de la familia, al margen de la sociedad. De un lado, recién llegados que, imposibilitados de reconocerse en un paisaje que les es totalmente extraño, intentan a toda costa construir relaciones que les permitan abandonar su existencia trashumante. Del otro, suicidas que escapan de ese tiempo en el que los primeros ansían encontrar asideros. Entre ambos extremos, una pareja que intenta una vida simple, confortable, la estabilidad que les permita tener un hijo. Sobre todos, un estado de cosas signado por gobernantes e intelectuales que se desentienden, que evaden su responsabilidad para con el prójimo, que no miran más allá de sus propias palabras.

Los personajes de Dea Loher pertenecen a un mundo en decadencia, son parte de estructuras que perdieron su función, muestran la herida en su costado. A través de ellos la dramaturga increpa el presente, siembra interrogantes, busca una salida. Irene Borges comprende bien ese juego en que se apuesta al ser humano incluso cuando todo conspira para anular sus reservas de dignidad. Ideas encontradas sobre el mundo se superponen. Dios, la libertad, el poder, el dinero, son piezas de un rompecabezas demasiado complejo que abre las posibilidades de lectura desde la propia multiplicidad de razones que movilizan o detienen a cada uno de estos muchachos.

Los mayores mienten sobre el pasado o cuestionan la posibilidad de una visión panorámica. Se impone la filosofía de “la no confiabilidad del mundo”, se valoriza el fragmento, la ruptura, lo que se descompone. Mientras, en otro punto de la ciudad, los de abajo intentan otras relaciones y tratan de leer los signos que se presentan, a veces como milagro, otras como imponderable acontecer. La pieza, como la serpiente y el eterno retorno, se muerde la cola, viaja a sí misma, quiebra las esperanzas. La historia aparece como síntoma al interior de un mapa de relaciones imposibles. Un cuerpo flotando sobre las aguas o en caída libre, es aquí testimonio del derrumbe.


La dramaturgia duplica al mundo que intenta diseccionar y se constituye en fluido de una conciencia que ha abandonado todas las seguridades. La acción alterna con amplios planos narrativos que ponen entredicho el propio desarrollo de los acontecimientos. El mundo que aquí se presenta no es monolítico, de ahí que, puestos a pensar la existencia en medio de esas circunstancias, sea imprescindible la superposición de planos que subrayen aristas y puntos de vista diversos. Para lograrlo es necesario recurrir al fragmento, a los amplios monólogos didascálicos, a la fundante materialidad de las imágenes, a la poesía que extraña el discurso íntimo de los personajes.

De los muchos caminos escénicos que parten del texto, Irene Borges escoge aquel que apuesta por poetizar. Sus atmósferas azules miran los sucesos con una nostalgia prematura. La frialdad de las situaciones nos es devuelta mediante otros códigos. Lo que en la escena alemana podría ser absurda constatación del horror aquí aparece como alerta o conjuro. Un sistema de relaciones absolutamente distinto del habitual obliga a pensar el futuro en términos más concretos. El ritmo trepidante nos acerca a esa dinámica que los grandes medios imponen a la vida actual. La escenografía, la acción misma, los gestos, dibujan un paisaje preciso: una ciudad sumergida en sus márgenes, un espacio en el que se desgajan extraños e ignorados testimonios del futuro.

La puesta nos recuerda esa angustiosa síntesis de nosotros que fue la Madagascar, de Fernando Pérez; estaban allí los mismos síntomas. Inocencia retoma aquellas señales y abre entre nosotros la discusión sobre sinnúmero de preocupaciones. Irene Borges ha logrado poner en diálogo un texto distante y lo ha hecho desde el punto de vista de la nueva generación. Su voz pertenece a la generación de los nietos, su ojo descubre imágenes y texturas nuevas.

Y ya lo dije antes, nos se trata de una puesta perfecta, pulida hasta los más mínimos detalles. La propia directora sabe que aún falta síntesis, que es necesario borrar algunos momentos coreográficos que son innecesarios. Inocencia, apenas comienza a hablar a sus interlocutores y son quizás esas imprecisiones las que nos permiten concentrarnos en las relaciones que los actores van construyendo. Y es quizás en ese terreno donde la obra logra una particular intensidad, la directora ha logrado aprovechar las posibilidades de su elenco y ha construido un nivel de interpretación bastante parejo entre los más jóvenes que no se quiebra con la aparición de actores más experimentados. Cada intérprete subraya un estilo propio que contribuye a la caracterización de sus personajes. Carlos Pérez Peña y Xiomara Palacios logran excelentes desempeños y su trabajo marca un punto de referencia para el resto del elenco.

De este modo la obra funda un espacio colectivo de crecimiento e investigación que ha de quedar abierto y en permanente mutación. Les toca a estos creadores ir más allá del riesgo y comprometerse en serio con el futuro, una vez que la obra se estrena sobrevienen otros muchos conflictos no avizorados de antemano. La institución ha de apoyar esta experiencia, pero antes sus protagonistas deben ser consientes de que el salto no ha sido en vano y que son ellos y no otros los únicos responsables con la subsistencia de ese peculiar espacio de sobrevida que han creado y desde el cual construyen su tiempo y piensan el porvenir. Acaso no es esa manera de obrar la mejor respuesta a mis interrogantes.

3 comentarios:

Ignacio dijo...

Hola, como estas? buscando información sobre teatro en Cuba llegué a tu blog. Y quiero aprovechar para pedirte si me puedes ayudar con algunas dudas que tengo. Yo soy un actor Chileno, y estoy pensando en ir a estudiar y vivir un tiempo en Cuba. En un principio tenia pensado estudiar algún postgrado en Actuación en el Instituto Superior de Arte, pero no están realizando cursos para extranjeros porque están en remodelación y no tienen claro hasta cuando. (se supone que deberían estar funcionando los postgrados el próximo año). Es por esto que tengo ganas de viajar de todas maneras en el mes de Octubre, porque empieza el Festival de Teatro de la Habana y luego el de Cine, entonces quiero ver si existe la posibilidad de tomar algunos talleres o cursos en otras instituciones o centros culturales de la Habana, además de los que se supone son parte del festival de teatro. Y también ver si existe la posibilidad de inscribirme en algún taller o asignatura del ISA (que no sea necesariamente un postgrado).
Es por esto, que estoy tratando de contactarme con personas de Cuba que estén relacionadas con el teatro y arte en general, para que me puedan contar que posibilidades tengo para tomar talleres, cursos y me puedan recomendar algunos lugares o profesores.
Espero me puedas ayudar con alguna información, desde ya gracias, se despide. Ignacio Saavedra

Ignacio dijo...

mi correo isaavedrabarrio@gmail.com

Lemis dijo...

Brillante. Tengo lindos recuerdos de cuando fundamos ese grupo...