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martes, 19 de mayo de 2009

Lydia Cabrera y el teatro de títeres en Cuba

Apuntes en los 110 años de la autora de Cuentos negros de Cuba y en el aniversario 40 del estreno de Ibeyí añá



Debemos fundamentalmente a Lydia Cabrera las primeras historias yorubas que tendrían resonancia teatral en los escenarios de la isla. Su cuento «Se cerraron y volvieron a abrirse los caminos de la isla», recogido en sus Cuentos negros de Cuba, de 1936, fue la fuente principal para la inclusión de los Ibeyis en los escenarios y retablos nacionales. Estrenada por el Teatro Nacional de Guiñol, en marzo 1969, Ibeyi añá, con versión de Pepe Camejo y Rogelio Martínez Furé, y música de Héctor Angulo, traspuso por vez primera la fábula a la escena y la introdujo en nuestro teatro de títeres para niños. A partir de esa fecha no ha dejado de representarse en esa o en algunas de las varias versiones que le sucedieron.

La historia es bien conocida. Utilizando su astucia, los Ibeyis vencen al temible Diablo que azotaba a la Isla. La propia Lydia Cabrera, dejó claro que se permitió muchas libertades a la hora de escribir estas historias –publicadas originalmente en francés— con la intención de recrear la atmósfera propia de los cuentos de hadas (Mateo. 2000, 20). La presencia del Diablo, la guitarra como instrumento musical en lugar del tambor que, según lo refrendado en las antiguas leyendas, Chango obsequió a los niños divinos --hijos suyos y de Oshun--, las referencias la esclavitud y a la resurrección de los muertos en la narración, conjuntamente con la mezcla de tradiciones congas y yorubas, dan cuenta del sincretismo que ha caracterizado los procesos culturales en Cuba y que podemos percibir también en todos los textos teatrales que provienen de esta fuente común.

Esclarecer el porqué del éxito de esa historia en nuestros escenarios pasa por releer el propio cuento de Lydia en el que se aprecian marcas de teatralidad muy bien definidas, las cuales pueden haber influido en la entrada de la historia en el teatro y en su definitiva permanencia. Margarita Mateo quien ha estudiado los cuentos de Lydia nos dice de ellos:

Lydia se detiene en el relato, lo disfruta, incorpora digresiones, diferentes subtramas, para luego cerrar el cuento al final… En cuanto al balance de las formas elocutivas, hay en Cuentos negros… una importante presencia del diálogo, que da mayor dinamismo al relato, y las descripciones desempeñan un papel importante, sin opacar el plano de la narratividad. (Mateo. 2000, 20).

Más allá de la presencia del diálogo y del dinamismo de las situaciones. Tendríamos que considerar además un grupo de elementos sonoros y visuales, aportados por las descripciones, así como acciones propiamente dichas que pueden constituirse en una información escénica y específicamente titiritera.

Primero que todo tenemos la danza como principal recurso utilizado para vencer al Diablo que cae ahíto de tanto baile. Por su parte la descripción del personaje, altamente expresiva, recuerda a algunos de los muñecos que han sido construidos posteriormente para representarlo y también a alguna de las máscaras empleadas en el Día de Reyes. Dice Lydia: «Era un viejo gigantesco, horroroso, de cara cuadrada partida verticalmente en dos colores, blanco de muerte y rojo violento de sangre fresca. La boca sin reborde, abierta de oreja a oreja; los dientes pelados, agudos, eran del largo de un cuchillo del monte.»

Más adelante la autora describe como el Diablo arañando furiosamente su costado y hundiendo hasta el puño la mano en la herida saca una guitarra de bajo las costillas. Finalmente las osamentas todas que lo rodean se levantan y bailan junto a él. Sin duda, estos fragmentos evocan lo fantástico, pero a la vez hacen pensar en lo estrictamente titiritero. Las últimas son acciones extraordinarias, no realistas y que de un modo u otro pueden devenir estrategias titiriteras de concreción escénica.

Ibeyi Añá, partiendo entonces de esa fuente, desarrolla la historia a través de lo que sin lugar a dudas fue una ópera de cámara titiritera. En la puesta se priorizaba el elemento narrativo y por supuesto la dimensión sonora. La guitarra sería sustituida por el tambor, buscando una referencia africana más nítida. Además se incluyó un elemento intertextual importante que continuaba, de algún modo, la línea iniciada por la propia Lydia Cabrera en relación con la búsqueda de “la atmósfera particular de los cuentos de hadas”. A la manera de La bella durmiente, donde las hadas entregan obsequios a la niña recién nacida, los orishas entregan sus dones a los Ibeyis luego de su nacimiento.

Más adelante la obra Los Ibeyis y el Diablo, de René Fernández, continuadora de Ibeñí Añá, también recurrirá a la incorporación de elementos provenientes de los cuentos infantiles clásicos. Ahora bien lo que sobresale en la obra de Camejo y Furé es el elemento musical; cantos y toques diversos se alternan con la composición contemporánea de Héctor Angulo, subrayando desde la acción misma las dinámicas propiamente titiriteras, no obstante, al estilo de las grandes sagas orientales, prevalece aquí la narración, lo cual otorga a la puesta una actualidad inusitada. Empleábamos entonces en Cuba, partiendo de nuestras propias esencias culturales e inspirados en el camino que la propia Lydia Cabrera abonó, procedimientos que el teatro de títeres europeo, en dialogo con las tradiciones asiáticas, incorporaría algún tiempo después.

Mateo, Margarita (2000): “Lydia Cabrera: otra descubridora de Cuba”, en Revolución y Cultura, n. 3, mayo-junio de 2000.

lunes, 18 de mayo de 2009

Federico de Noche: sueños de un poeta niño


La infancia del niño que fue Federico García Lorca, vista a través del prisma de los sueños, surge de manera inusitada en la puesta escena de Teatro de las Estaciones, sin duda, el más notable colectivo titiritero de Cuba. Con texto original de Norge Espinosa, a partir de poemas y obras juveniles del poeta granadino, la obra nos hace penetrar en un espacio onírico, en el que confluyen obsesiones, deseos, miedos y premoniciones de un niño.

El viaje, en el que títeres y grandes esperpentos conforman esa materia indeleble de la que están hechos los sueños, es también un viaje a sí mismo que me hace pensar en Ruandi, esa pieza mayor de nuestra dramaturgia para niños que escribiera Gerardo Fulleda León. Y es que quizás habría que imaginar el periplo soñado que la obra presenta como un peculiar ritual de paso, en el que el niño descubre su nombre, sus ser y la poesía misma que se oculta en las pequeñas cosa.

Teatro de figuras, la puesta se regodea en la creación de un mundo de ensueño en el que el diseño, a cargo del experimentado Zenén Calero, forma parte de una trama en la que interviene también la alternancia de formas y colores, confluencia instaura una diversidad que se amplifica por la integración de géneros diversos y de distintas técnicas de animación, que incluyen las formas más contemporáneas y también aquellas, tradicionales, que practicó el propio Federico.

En cuanto a la interpretación, acorde con el altísimo nivel a que nos tiene acostumbrados el Teatro de las Estaciones, considero importante resaltar la presencia en el elenco de un grupo de actores-titiriteros muy jóvenes, entre los que destaca, sin duda, el joven Yerandy Basart en los roles de Federico y Don Cristóbal. Mención especial merece la banda sonora creada por Elvira Santiago y en la que participan intérpretes de la talla de Bárbara Llanes. Esencial en la dramaturgia de la puesta, la música propicia la aparición de atmósferas y nos hace disfrutar con todos los sentidos.

Renovación y maestría, dan fe del rigor que caracteriza la labor de este colectivo que, lejos de ir tras fórmulas ya probadas y exitosas, asume riesgos permanentes y avanza en una investigación que les permite sustentar una poética muy sólida.

Federico de noche, segunda pieza que Teatro de las Estaciones dedica al creador de Poeta en Nueva York, impacta por su eficacia y deviene un canto en el que teatro y poesía se juntan para presentar a los más pequeños la vida y los sueños de un gran hombre, cuya infancia imaginada es síntesis de una formación en el amor a la justicia y a la belleza.